Meciendo al río Magdalena en su cuna


No todos los lugares de la Tierra se prestan para seguir el consejo del poeta: “Siéntate al sol, abdica y sé rey de ti mismo”.

En el páramo de las Papas, allá arriba, donde el aire es más puro, los vientos indómitos y la soledad se adueñan del paisaje, allá lo he intentado varias veces y lo haré unas cuantas más. Las que la vida me permita. Volví ahora con los guías del proyecto ecológico del colegio Champagnat, de Bogotá.Entre los deberes de todo tipo que los colombianos tenemos, hay uno sagrado: visitar San Agustín en el Huila y adentrarse desde allí hasta el páramo donde nace el río de la patria. También se puede subir por carretera hasta las goteras del páramo, partiendo desde Popayán y llegando hasta el poblado de Valencia. Es más bello y exultante el primer recorrido, a pie, por bosques perfectamente conservados.

La Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena y Parques Nacionales nos colaboran en los traslados. Salimos de San Agustín hacia el poblado de Quinchana. Son 30 kilómetros de carretera que avanza todo el tiempo en sentido contrario al Magdalena, río allí todavía joven y brincón. El bello puente de madera sobre el río Quinchana, que allí entrega su caudal al Magdalena, ha sido reemplazado por uno de cemento.


Y comenzamos el ascenso al alto Quinchana, exigente, como para calentar piernas. Los morrales los llevan las bestias que Carlos Guerra y Gustavo Papamija nos proporcionaron. Luego viene una bajada, también exigente, hasta el puente de Barandillas sobre el río Magdalena. Es el primer contacto directo con el río. El ascenso hasta el páramo se hace en dos etapas, cada una de 5 a 6 horas. Desde Barandillas, el camino avanza en un suave y continuo ascenso hasta la Posada de Palechor, donde se pasa la primera noche.

Todos hemos marchado en silencio, no por el cansancio; no, no es por esa nimiedad a la que estamos acostumbrados. Los bosques, majestuosos, solemnes, llenos de orquídeas, de quiches y enredaderas, y alguno que otro potrero, imponen el silencio y hunden al caminante en un mar de ensoñaciones.


¿Así sería el paraíso?

Los campesinos son amables. Comida sencilla, rica y buena cama. Estamos ya en los dominios del frío reconfortante. La segunda etapa, carente totalmente de potreros, es de orgasmo cósmico.

El camino estrecho facilita que las plantas y bejucos nos acaricien al pasar. Cruzamos dos puentes de madera. En el Chontadural, el sendero se hace más suave para empinarse definitivamente en Aguarisca. Un cerro de forma piramidal da acceso al páramo. Por aquí pasó fray Juan de Santa Gertrudis, clérigo mallorquí que en la mitad del siglo XVIII recorrió estas regiones y escribió en cuatro tomos Las maravillas de la naturaleza, obra deliciosa cuya lectura permite comparar cómo eran paisajes, costumbres y gentes en esa época y cómo son hoy. Recordamos con agrado al simpático fraile.Hacia la estrella fluvial.

Al llegar al páramo, el camino se bifurca. El de izquierda sube aún más y permite contemplar la laguna desde las altas laderas; tomamos el de la derecha, que avanza por la planicie donde la laguna duerme su sueño glacial. Ambos caminos se unen de nuevo al descender a la Oyola, caserío del lado caucano. El límite entre los dos departamentos corre por la cima del páramo.Nos alojamos en casa del difunto don Reinel. Allí nos hemos alojado siempre y desde allí hacemos las incursiones diarias a las distintas regiones del páramo. En apenas cuarenta minutos subiendo desde La Oyola llegamos de nuevo al páramo. El Parque Nacional del Puracé abarca dos regiones: la del norte con los volcanes Puracé, Pan de Azúcar, Coconucos y Sotará. La entrada obvia a esta zona es por Popayán. La parte sur tiene como centro el páramo de las Papas y las diversas lagunas, una de estas la que da nacimiento al río Yuma o Magdalena. El parque alberga la estrella fluvial colombiana, así llamada porque allí nacen los cuatro ríos medulares de la patria.

Cerca del Puracé nacen los ríos Cauca y Patía y en el páramo de las Papas, a menos de 5 kilómetros de distancia en línea recta, nacen el Magdalena y el Caquetá. Por ello, por gratitud con el agua y con la vida, los colombianos deben marchar a conocer la cuna de los cuatro grandes ríos de la patria.La primera excursión fue a la laguna de Cusiyaco, que a diferencia de la Magdalena, que se encuentra en una inmensa planicie abierta, está encajonada entre altísimas paredes de roca. Salimos muy temprano de la casa de Reinel, y tras una larga y empinada subida la contemplamos allá bajo. En el filo de las atrapamoscas, flores de vistoso color rojo, brillaban en los pajonales.


El descenso a la laguna es un camino casi vertical en el que gozamos mucho con las caídas. La laguna llena totalmente el hueco. La segunda excursión fue a la laguna del gran río. Trepamos unas empinadas laderas; en los frailejonales encontramos excrementos y huellas de oso y de danta; subimos a las Tres Tulpas, picos rocosos que dominan el valle donde duerme la laguna. Le dimos la vuelta y fuimos a ver el lugar exacto donde el río sale de la laguna. Allí, el poderoso río Magdalena tiene un metro de anchura. Hace muchos años me hice fotos con “las patas abiertas” de modo que el río pasaba bajo ellas. Ahora la vegetación hace imposible la memorable foto.

Otro día fuimos a la laguna de Santiago. El tiempo fue infernal; vientos racheados, frío glacial y tremenda granizada nos acompañaron. En esta laguna, bellísima como todas las de aquí, nace el primer afluente que recibe el río Magdalena. El viento amenazaba con arrojarnos al vacío cuando mirábamos la laguna desde uno de los picos que la rodean y que caen verticales sobre el agua. La excursión más lejana fue a la laguna de San Patricio. Sabíamos de su existencia por un mapa que llevábamos. Subimos de nuevo a los farallones que cercan la laguna de Santiago y seguimos a los de más atrás que rayan en los 4.000 metros.


Lagunas y frailejones

En el camino fuimos encontrando lagunas más pequeñas y admirando allá abajo el valle encajonado, todo él un tapiz de tupidos frailejones, por donde discurre el río Caquetá, de un metro de anchura. Este río, que en la selva alcanza más de un kilometro de anchura, no nace en una laguna. Las aguas de un cuenco pequeño formado por laderas empinadas se reúnen y forman el riachuelo que se despeña formando una cascada de unos 20 metros de altura; luego se amansa al recorrer el valle de frailejones. Agarrándonos de las matas en paredes muy pendientes, matas que resultaban en ocasiones ser puyas llenas de espinas, coronamos el filo que domina la laguna de San Patricio.


Estábamos en el pico más alto de esta zona del páramo. El frío era intenso y seco, y la emoción se repartía entre hacer fotos y sacarnos las espinas.Al regreso nos metimos a una cueva de dantas. Había muchos excrementos y también garrapatas. Un osezno travieso y juguetón y su madre celosa pasaron frente a nosotros a 50 metros de distancia y se perdieron en el bosque; en vano los buscamos.El último día decidimos visitar el pueblo caucano de Valencia, situado en un amplio valle, totalmente potrerizado.


Del lado del Huila, los bosques del páramo están bien conservados; no así en la vertiente caucana, donde predominan los potreros y los sembrados de papa. El último día nos despidió con un amanecer extrañamente bello. El cielo dibujaba y lanzaba al espacio franjas azules y rosadas.Las dos jornadas del descenso fueron como una cosecha de íntimas realizaciones y conquistas. Todos mis descensos de las montañas son un aliciente para vivir la tumultuosa vida de las ciudades y las relaciones sociales. Definitivamente soy un hombre de montañas y silencios.


Si usted va…

El ascenso más fácil es por el Cauca. En 8 horas por carretera desde Popayán se accede a Valencia, y desde allí en una hora a Oyola. El ascenso más bello es por el Huila; desde San Agustín hay chiva todos los días hacia Quinchana.

Lo que debe llevar :Ropa indicada para páramo, botas, impermeable, linterna. En las posadas ofrecen comida y dormida a muy buenos precios. Hay electricidad dos horas cada noche. Cámara fotográfica con suficientes pilas y tarjetas. La mejor época está en los meses de diciembre, enero y febrero.


Artículo escrito por Andrés Hurtado Garcia para la sección Viajar de el periódico El Tiempo.

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